Una ecografía permite detectar una gran variedad de alteraciones según la zona que se esté estudiando. En términos generales, es muy útil para identificar inflamaciones, quistes, nódulos, masas, lesiones musculares o tendinosas, cálculos y alteraciones en órganos internos.
Por ejemplo, en la ecografía abdominal se pueden detectar problemas en hígado, riñones o vesícula; en la ecografía de cuello, alteraciones en tiroides o ganglios; en la ecografía urológica, cálculos o problemas en el flujo urinario; y en la ecografía articular, lesiones en tendones, ligamentos o derrames articulares. En mama, ayuda a diferenciar entre quistes benignos y lesiones sólidas que requieren seguimiento.
Además, en combinación con técnicas Doppler, también es posible valorar el flujo sanguíneo, lo que resulta clave para detectar problemas vasculares o circulatorios. Es una prueba muy utilizada como primer paso diagnóstico por su rapidez y capacidad de orientación clínica.