Unidad del Dolor
Manejo multidisciplinar del dolor crónico
Unidad – Dolor crónico
Y CÓMO LIDIAR CON ÉL
El dolor es una sensación que indica un daño real o potencial. Se trata de una señal de alerta del sistema nervioso que nos anima a alejarnos de estímulos negativos, buscar ayuda profesional, prestar más atención a los hábitos y más. Por desgracia, ciertos mecanismos hacen que el dolor se torne crónico.
Aprender a lidiar con el dolor crónico es esencial para recuperar la autonomía en aquellas personas que lo padecen. En VIVO, estrenamos una unidad especializada en el manejo del dolor crónico que incluye sesiones individuales y grupales de aprendizaje y actividad dirigida.
Afrontamiento activo
DEL DOLOR CRÓNICO
Hay muchas maneras de lidiar con el dolor y las enfermedades crónicas que lo acompañan. Debido a que la mayoría de las personas que lo padecen son incapaces de resolver sus condiciones por sí solas y distanciarse de emociones asociadas, se hace vital encontrar estrategias para adaptarse a un estado duradero.
En GRUPO VIVO, ponemos a disposición de toda persona que lo requiera una nueva unidad de afrontamiento activo del dolor crónico. Este tratamiento holístico del dolor se basa en 2 pilares principales:
- Entender los mecanismos y las causas por los cuales aparece el dolor crónico.
- Exponer al paciente de forma gradual y rítmica al movimiento para recuperar la funcionalidad y la autonomía.
NUESTRO ENFOQUE
PARA AFRONTAR EL DOLOR CRÓNICO
Nuestra unidad de afrontamiento activo del dolor crónico incluye todo lo necesario para ayudar a los pacientes a afrontarlo. La educación, el conocimiento y la capacidad de actuar con ese conocimiento son los pilares de nuestro abordaje.
Planteamos que sea el paciente el que diseñe el ritmo y la exposición gradual a esas actividades que ha dejado de hacer. Nuestro servicio está especialmente adaptado para dolores crónicos inespecíficos, aunque puede utilizarse también en otros casos.
En la unidad de afrontamiento activo del dolor crónico de VIVO, empleamos diversas herramientas terapéuticas orientadas al bienestar integral de la persona, entre ellas la terapia de aceptación y compromiso, la terapia compasiva, el uso de herramientas de mindsight, el coaching, el mindfulness y la programación neurolingüística.
Sesiones
EN NUESTRA UNIDAD DEL DOLOR
Con la unidad de afrontamiento activo del dolor crónico, buscamos obtener un conocimiento profundo y compromiso con el diseño y la ejecución de un plan de acción que culmine en la recuperación del manejo del dolor y las actividades vitales del paciente.
Nuestro plan terapéutico consiste en:
1. Sesiones individuales/grupales* de aprendizaje con la Dra. Blanca Porres.
2. Sesiones individuales/grupales* de actividad dirigida con el fisioterapeuta y preparador físico del Gabinete Vedruna.
Aseguradoras colaboradoras
Más información
El dolor crónico es un tipo de dolor que persiste durante un periodo prolongado de tiempo, incluso cuando la lesión o el problema inicial que lo provocó ya ha mejorado o desaparecido. A diferencia del dolor agudo (que funciona como una señal de alarma útil para protegernos ante un daño real o potencial), el dolor crónico puede mantenerse activo durante meses o años, afectando significativamente a la calidad de vida, la autonomía y el bienestar emocional de quien lo padece.
Este tipo de dolor aparece cuando determinados mecanismos del sistema nervioso continúan enviando señales de dolor de manera persistente. En muchos casos, el organismo se vuelve más sensible a ciertos estímulos y actividades cotidianas que antes no generaban molestias. Además, el dolor crónico suele estar influido por múltiples factores físicos, emocionales y conductuales, lo que explica por qué requiere un abordaje multidisciplinar e integral.
Comprender cómo funciona el dolor crónico es uno de los primeros pasos para aprender a convivir con él y reducir su impacto. La educación sobre sus mecanismos, junto con estrategias adaptadas de movimiento y afrontamiento, puede ayudar a recuperar progresivamente la funcionalidad y retomar actividades importantes de la vida diaria.
El dolor crónico puede aparecer por múltiples causas y no siempre existe un único desencadenante claro. En algunos casos, surge tras una lesión, una cirugía o una enfermedad concreta que, aunque haya mejorado, deja al sistema nervioso en un estado de mayor sensibilidad. En otros, está relacionado con patologías musculoesqueléticas, procesos inflamatorios, enfermedades neurológicas o dolores persistentes cuya causa exacta resulta difícil de identificar.
También es frecuente que el dolor crónico esté influido por factores emocionales, psicológicos y sociales. El estrés mantenido, el miedo al movimiento, la ansiedad o la preocupación constante por el dolor pueden contribuir a que este se mantenga en el tiempo. Esto no significa que el dolor “esté en la mente”, sino que cuerpo y cerebro trabajan conjuntamente en la percepción y regulación de las señales dolorosas.
Por este motivo, el abordaje del dolor crónico suele requerir una visión integral. Entender qué factores están contribuyendo a mantener el dolor permite diseñar estrategias más eficaces para recuperar la funcionalidad, mejorar el bienestar y volver progresivamente a actividades que la persona había dejado de realizar.
Una de las principales señales de que un dolor se ha cronificado es su duración. Generalmente, se considera dolor crónico aquel que persiste durante más de tres meses o que continúa más allá del tiempo esperado de recuperación de una lesión o enfermedad. Sin embargo, no solo importa el tiempo: también influye el impacto que ese dolor tiene en la vida cotidiana de la persona.
El dolor crónico suele acompañarse de otros síntomas o cambios que afectan al bienestar general. Muchas personas experimentan limitaciones para moverse, dificultad para realizar actividades habituales, alteraciones del sueño, cansancio persistente o una mayor sensibilidad física. Además, pueden aparecer emociones como frustración, preocupación o desánimo, especialmente cuando el dolor interfiere en la autonomía personal o en la capacidad de disfrutar de actividades cotidianas.
Reconocer estas señales de forma temprana es importante para evitar que el dolor condicione progresivamente el día a día. Un abordaje adecuado, basado en el conocimiento de los mecanismos del dolor y en una exposición gradual al movimiento, puede ayudar a recuperar confianza, funcionalidad y calidad de vida.
En algunas ocasiones, el dolor puede continuar incluso cuando los tejidos ya se han recuperado o la lesión inicial ha desaparecido. Esto sucede porque el dolor no depende únicamente del estado físico de una zona concreta del cuerpo, sino también de cómo el sistema nervioso procesa y regula las señales de alerta. Cuando el dolor se prolonga en el tiempo, el organismo puede desarrollar una mayor sensibilidad, haciendo que ciertos movimientos o estímulos sigan interpretándose como una amenaza.
Este fenómeno se produce porque el sistema nervioso puede permanecer en un estado de “hipervigilancia”, enviando señales de dolor de forma persistente aun cuando ya no existe un daño activo significativo. Como consecuencia, actividades cotidianas que antes eran normales pueden empezar a generar molestias o temor, favoreciendo una reducción del movimiento y una pérdida progresiva de funcionalidad.
Comprender este mecanismo es clave para afrontar el dolor crónico de forma más efectiva. Aprender cómo funciona el dolor y recuperar gradualmente el movimiento mediante una exposición adaptada puede ayudar a disminuir la sensibilidad del sistema, aumentar la confianza y recuperar autonomía en la vida diaria.
El dolor crónico puede influir de manera significativa en distintos aspectos de la vida cotidiana, más allá de la molestia física. Muchas personas experimentan dificultades para realizar actividades habituales, como caminar, trabajar, hacer ejercicio, descansar adecuadamente o participar en planes sociales. Con el tiempo, estas limitaciones pueden generar una sensación de pérdida de autonomía y reducir la confianza en las propias capacidades.
Además del impacto físico, el dolor persistente también puede afectar al bienestar emocional. Es frecuente que aparezcan sentimientos de frustración, preocupación o desánimo, especialmente cuando el dolor se prolonga y parece interferir constantemente en la rutina diaria. En algunos casos, el miedo a empeorar los síntomas lleva a evitar ciertos movimientos o actividades, lo que puede favorecer un círculo de inactividad y mayor limitación funcional.
Por eso, el abordaje del dolor crónico suele centrarse no solo en aliviar las molestias, sino también en ayudar a la persona a recuperar progresivamente su funcionalidad y calidad de vida. Entender el dolor, identificar hábitos que puedan influir en él y retomar actividades de forma gradual son pasos fundamentales para volver a sentirse capaz y autónomo.
Comprender cómo funciona el dolor crónico es una parte esencial de su manejo, ya que permite interpretar mejor lo que está ocurriendo en el cuerpo y reducir la incertidumbre que muchas veces lo acompaña. Cuando una persona entiende que el dolor persistente no siempre significa un daño continuo, puede empezar a afrontar sus síntomas desde una perspectiva más activa y menos condicionada por el miedo o la preocupación.
La educación sobre los mecanismos del dolor ayuda a identificar factores que pueden influir en su intensidad o mantenimiento, como ciertos hábitos, el estrés, el descanso insuficiente o el miedo al movimiento. Este conocimiento favorece una mayor sensación de control y facilita la toma de decisiones orientadas a recuperar actividades que se habían abandonado debido al dolor.
Además, entender el dolor crónico permite participar de forma más consciente en un plan de recuperación. Combinar información, acompañamiento profesional y una exposición gradual al movimiento puede ayudar a mejorar la funcionalidad, recuperar confianza y favorecer una relación más saludable con el propio cuerpo y sus sensaciones.
El afrontamiento activo del dolor crónico consiste en adoptar un papel participativo en el manejo de los síntomas y en la recuperación de la funcionalidad. En lugar de centrar todos los esfuerzos únicamente en evitar el dolor o esperar a que desaparezca por completo, este enfoque busca ayudar a la persona a entender lo que ocurre en su cuerpo, recuperar progresivamente actividades importantes y desarrollar herramientas para convivir mejor con el malestar.
Este tipo de abordaje parte de la idea de que, aunque el dolor pueda seguir presente en determinados momentos, es posible aprender estrategias para reducir su impacto en la vida diaria. Entre ellas se incluyen el conocimiento de los mecanismos del dolor, la adaptación gradual al movimiento, el establecimiento de objetivos realistas y la recuperación progresiva de hábitos y actividades que se habían abandonado.
El objetivo del afrontamiento activo no es ignorar el dolor, sino evitar que este limite completamente la autonomía de la persona. A través de un acompañamiento multidisciplinar y de una exposición progresiva al movimiento, muchas personas logran ganar confianza, mejorar su funcionalidad y retomar aspectos importantes de su vida cotidiana.
El movimiento desempeña un papel fundamental en el manejo del dolor crónico, ya que ayuda a recuperar la funcionalidad, mejorar la confianza corporal y reducir el impacto que el dolor tiene sobre la vida diaria. Cuando una persona lleva tiempo conviviendo con molestias persistentes, es habitual que evite ciertos movimientos por miedo a empeorar los síntomas. Sin embargo, esta reducción de actividad puede favorecer una mayor rigidez, pérdida de capacidad física y sensación de limitación.
Por ello, muchos abordajes del dolor crónico incorporan una exposición gradual y adaptada al movimiento. Esto significa retomar actividades de forma progresiva, respetando el ritmo de cada persona y evitando tanto la sobreexigencia como el miedo paralizante. El objetivo no es forzar el cuerpo, sino reconstruir poco a poco la tolerancia al esfuerzo y recuperar la sensación de seguridad al moverse.
Con el acompañamiento adecuado, el movimiento puede convertirse en una herramienta terapéutica para recuperar autonomía y volver a realizar actividades importantes de la vida cotidiana. Más que centrarse únicamente en eliminar el dolor, se busca mejorar la capacidad de la persona para vivir de forma activa y funcional.
El dolor crónico suele ser una experiencia compleja en la que intervienen distintos factores físicos, emocionales y conductuales. Por esta razón, un enfoque centrado únicamente en una parte del problema puede resultar insuficiente. El dolor persistente no solo afecta a una zona concreta del cuerpo, sino también al descanso, al estado de ánimo, a la movilidad, a los hábitos diarios y, en muchos casos, a la forma en que la persona percibe sus capacidades.
Un enfoque multidisciplinar permite abordar el dolor desde diferentes perspectivas complementarias. Esto puede incluir educación sobre los mecanismos del dolor, trabajo físico adaptado para recuperar movilidad y funcionalidad, así como estrategias orientadas al bienestar emocional y al afrontamiento del malestar. El objetivo es entender qué factores están contribuyendo al mantenimiento del dolor y actuar sobre ellos de forma coordinada.
Este tipo de intervención busca que la persona recupere progresivamente el control sobre su vida cotidiana. Al combinar distintos recursos terapéuticos y adaptar el tratamiento a las necesidades individuales, es más probable mejorar la funcionalidad, fortalecer la autonomía y reducir el impacto que el dolor tiene en el día a día.
El objetivo principal de una unidad de afrontamiento activo del dolor crónico es ayudar a la persona a recuperar su funcionalidad, autonomía y calidad de vida, más allá de la presencia o ausencia del dolor. No se trata únicamente de eliminar las molestias, sino de aprender a convivir con ellas de una forma más adaptativa, reduciendo su impacto en las actividades diarias y en el bienestar general.
Para ello, se trabaja desde la educación en dolor, el entendimiento de sus mecanismos y la identificación de factores que pueden influir en su mantenimiento. A partir de ahí, se plantean estrategias progresivas de movimiento y exposición a actividades que la persona había dejado de realizar, siempre respetando su ritmo y capacidad de adaptación.
El resultado que se busca es que el paciente recupere confianza en su cuerpo, mejore su nivel de actividad y vuelva a integrar en su vida cotidiana aquellas acciones que le resultan importantes. En definitiva, se trata de pasar de una relación de limitación por el dolor a una relación de mayor control, comprensión y capacidad de acción.